Basura electrónica, el problema que gana peso con la cultura del descarte

Cuando se tira mucho, la frazada suele quedar corta en otra parte. Algo así pasa con la tecnología: mientras la humanidad goza los premios de sus inéditas y permanentes conquistas, en las orillas, en los basurales, aparatos, pedazos de aparatos y aparatitos se apilan en lo que ya son auténticas montañas de chatarra que para las autoridades resultan ingobernables.

En Argentina, los residuos de aparatos eléctricos y electrónicos (RAEE) representan 300.000 toneladas por año: son 7 kilos por habitante, tan malo como el promedio mundial, que suma más de 40 millones de toneladas. Somos los terceros que peor estamos en América Latina, luego de Brasil y México. Para ver la magnitud, un auto pesa una tonelada y un cachito.

¿Por qué estos residuos ganan ahora más atención? Expertos del Programa de las Naciones Unidas para el Medio ambiente compartieron un informe de 2015, donde aclaran que, al lado de otro tipo de desechos, los RAEE son “de los pocos flujos de residuos que, en términos per cápita, están en constante aumento”.

 Quizás nada sería tan terrible si tuviéramos un norte: si hoy, en un caluroso día del siglo XXI, supiéramos qué hacer con la bolsita que dejaremos silenciosamente tirada junto a algún contenedor de basura. Tiene la tostadora vieja y un mouse roto. Como si ese fuera su lugar en el mundo.
Entonces empieza la distribución de culpas: cada vez se fabrican artículos electrónicos más berretas y por eso hay que tirarlos seguido. O, cada vez la gente es más consumista y quiere todo último modelo.

“Ni una cosa ni la otra; están las dos”, aclara Rodrigo Ramele, docente de la carrera de Ingeniería Informática del Instituto Tecnológico de Buenos Aires (ITBA) y experto en celulares y en obsolescencia programada. El último es un concepto clave: se refiere a la planificación (deliberada, desde ya) del fabricante sobre la vida útil que tendrá su producto.

“Siempre hay una probabilidad de que cierto producto tenga una falla destructiva, es una curva exponencial negativa. A medida que pasa el tiempo, la probabilidad de que el producto falle es igual a ‘uno’, o sea que inevitablemente va a ocurrir”, describe Ramele.

El tema es que “los productos electrónicos tradicionales estaban hechos con materiales de muy buena calidad, por lo que esa curva de probabilidad alta era lejana en el tiempo. De hecho, para ciertos productos necesitás que la probabilidad de falla baje mucho; entonces apelás a la ‘redundancia’, o sea, tener dos o tres elementos iguales, contemplando que uno sin dudas va a fallar. En la industria aérea es clarísimo por el riesgo, pero obviamente no vas a tener dos licuadoras en tu cocina”.

“En cierto momento (sigue Ramele) hubo un radical cambio de paradigma: la llegada de lo digital, con el componente del software, que cambió por completo las reglas del juego”.

“Más allá de la calidad del material, ahora necesitás productos que hablen el mismo idioma, con un protocolo compartido. Y como el mejoramiento permanente es esencial a lo digital, surge la necesidad de tener todo actualizado. Esto puede implicar que el hardware, el soporte, deje de ser compatible con la actualización de software. Y si no podés actualizarlo, el producto queda afuera de ese lenguaje común, se deteriora la experiencia del usuario y vienen los problemas de seguridad”, apunta.

¿Pero por qué es esencial ese mejoramiento constante? ¿No puede frenarse? Suele decirse que “la tecnología avanza”, como si anduviera sola. Así está planteado en la llamada “ley de Moore”. Lejos de la popular “ley de Murphy”, que suele enunciarse con una sensibildad popular casi esotérica, la de Moore expresa un pronóstico certero y comprobable.

Es fácil. En los años 60, Gordon Moore percibió un patrón incipiente y afirmó que cada dos años se duplicaría el número de transistores en los microprocesadores. Pero Ramele aclara algo clave: “A Moore se le atribuye el éxito del avance de la tecnología… lo que no es tan popular es que, más allá de lo que él percibió, su afirmación fue una pauta de desarrollo para los fabricantes, funcionó como un plan, y se volvió una profecía autocumplida”. Entonces, como nadie supera el ritmo de la duplicación bianual, no se pierde el lenguaje común entre los desarrolladores.

Puesto así parece inevitable que la tecnología demande recambios de productos. Viviana Ambrosi, directora de Medio Ambiente de la Universidad Nacional de La Plata y del programa E-Basura, del Laboratorio de Investigación en Nuevas Tecnologías Informáticas (LINTI) propone “reflexionar sobre el hecho de que estamos inmersos en una sociedad de consumo. Podría fabricarse para toda la vida, pero no se hace porque a las empresas no les resulta rentable, los gobiernos no controlan, los ciudadanos no exigen y no se educa como se debiera”. “Pero además, cabe preguntarse: si yo tuviera algo que va a durar toda la vida, ¿lo mantendría o lo desecharía?”

Como el programa que dirige recibe equipos informáticos que reciclan y donan a otras personas, Ambrosi separa ‘residuo’, es decir “todo lo que podemos reaprovechar”, de ‘basura’, “lo que ya no sirve para nada”. Remarca que el concepto “vida útil se refiere al producto, pero también un artículo electrónico puede dejar de ser funcional para su dueño y, sin embargo, volverse útil para otra persona”.

Para Alejandro Anderlic, director de Asuntos Coporativos, Externos y Legales de Microsoft Argentina, “en este momento de la historia, la tecnología sólo nos trae buenas noticias”. En su opinión, “si bien es un hecho que el consumismo hace que las cosas se vuelvan obsoletas antes de tiempo y se descarten, hay muchas iniciativas de reciclaje de hardware de parte de las empresas”.

La estrella, sin embargo, es la nube, se entusiasma Anderlic: “Una pyme que usa la nube puede reducir sus emisiones de carbono en un 90%. Ese porcentaje baja en una compañía más grande, pero igual es importante. Desde 2012 nosotros somos neutros en emisiones de carbono, y para 2018 tenemos la meta de reducir un 50% la energía no renovable que usamos, a nivel global”.

En esa línea se expresaron desde Whirlpool: cuentan con programas centrados en el ahorro de recursos y en la reducción de gases de efecto invernadero. “Entre 2015 y 2016 se reutilizaron 165.000 metros cúbicos de energía, lo que equivale al consumo diario de un millón de habitantes”.

Tirso Gómez Brumana, director de Asuntos Corporativos de BGH subraya que “hoy la tecnología avanza tan rápido que es ese propio desarrollo el que impulsa el recambio en el consumidor”.

Para él, “hace 50 años era muy costoso acceder a un producto nuevo; quizás era más económico repararlo. Hoy ya no. Ante la necesidad de recambio, el consumidor prefiere invertir un poco más para contar con mayor tecnología. Es que ahí encuentra un ahorro energético”.

Ya está en marcha el borrador de un proyecto de ley que pondrá la gestión de los RAEE en la espalda de los fabricantes e importadores. Las empresas consultadas no se muestran refractarias. “Habrá que ver qué se propone”, resume su posición. Y aseguran un firme compromiso ambiental.

El tema es repartir la llamada “mochila ecológica”: el costo ambiental que conlleva la producción, el uso y el posterior desecho de cualquier producto. Todo parece mejor que el ninguneo del problema. Como dicen los expertos, es un inmenso iceberg.

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